En mi artículo anterior explicaba la profunda decepción y preocupación que nos invade tras los deplorables e inaceptables hechos ocurridos recientemente en el Liceo Naval Almirante Guise.
Como exalumno de este emblemático glorioso plantel, me duele en el alma ver cómo la conducta reprochable de un grupo minúsculo de desadaptados intenta opacar una trayectoria intachable de disciplina, honor y valores. Es vital dejarlo claro desde el primer párrafo: una gran institución educativa no pierde su grandeza ni su legado histórico por culpa de unos pocos; pero esa misma grandeza la obliga a actuar con total firmeza y transparencia, sin tapujos ni encubrimientos.
Esta dolorosa coyuntura nos pone frente a un debate nacional impagable: ¿qué hacemos cuando los menores de edad cometen actos graves o cruzan la línea de la delincuencia? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de la familia, el rol del colegio y el alcance de las leyes?
El mito del «chico bueno» y la justicia en el Perú
Durante mucho tiempo se ha difundido la idea equivocada de que a un menor de edad legalmente, «no le pasa nada» si comete un delito grave o una infracción severa. Es verdad que nuestra legislación busca priorizar la rehabilitación sobre el castigo. Sin embargo, no podemos caer en el extremo de la impunidad.
En la jurisprudencia peruana existen precedentes claros en la justicia penal juvenil —como en casos sonados de adolescentes involucrados en delitos de extorsión o sicariato, ésta ratifica que la minoría de edad no exime del internamiento preventivo o la privación de libertad ante un peligro real para la sociedad. Quien actúa con plena conciencia del daño debe recibir una respuesta legal proporcional que priorice la protección de las víctimas.
El rol ineludible de la familia: Educar no es ser cómplice
Ningún delincuente juvenil se forma de la noche a la mañana. La prevención y la formación moral empiezan y terminan en el hogar. Basta ya del engreimiento y del encubrimiento parental que justifica cualquier falta bajo el pretexto de que «son cosas de chicos o por ahí, otro disparate de una autoridad, “es una chacota…”
Los progenitores ostentan “responsabilidad solidaria expresa” sobre los actos de sus hijos menores. La supervisión activa constituye un deber de protección; omitirla o encubrir conductas ilícitas anula la función formativa y perpetúa la impunidad del menor. Cuando un padre tapa una falta grave, no está protegiendo a su hijo: lo está preparando para el fracaso en su vida o para la cárcel.
La obligación de las escuelas: Cero tolerancia y protocolos estrictos.
Por su parte, las instituciones educativas no pueden limitarse a transmitir conocimientos ni actuar como meros espectadores ante conductas de riesgo. Los colegios están legal e institucionalmente obligados a mantener entornos seguros y aplicar protocolos de prevención e intervención ante cualquier indicio de violencia, acoso o comisión de faltas graves dentro o fuera del aula cuando involucre a su comunidad.
Ocultar incidentes para cuidar la «reputación» de un plantel es un error nefasto. La mejor manera de defender el honor institucional —como lo exige la historia del Liceo Naval— es sentar un precedente firme de tolerancia cero ante la impunidad, separando a los responsables y coordinando activamente con las autoridades competentes, como bien lo ha dicho el comandante general de la marina, en su comunicado.
Conclusión
La justicia para los jóvenes debe basarse en un equilibrio: oportunidades para corregir el rumbo frente a faltas menores, pero máxima firmeza y sanciones ejemplares frente a hechos deplorables.
Proteger el futuro de nuestros jóvenes exige un compromiso ético de obligatorio cumplimiento: familias que eduquen con carácter y firmeza, colegios que no duden en aplicar la disciplina y un sistema legal que proteja a la sociedad. Solo así evitaremos que sombras pasajeras empañen el prestigio de instituciones centenarias y la tranquilidad de todo un país.
Luis Miguel Iglesias.
Abogado, Ex Vice Contralor de Gestión Estratégica, Integridad y Control.
Contraloría General de la República.


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