La operación de León XIV permitirá resolver su problema de salud y favorecerá su retorno a la actividad pastoral. La experiencia de otros pontífices muestra que la enfermedad puede limitar temporalmente el ejercicio del ministerio, pero no debe convertirse en motivo de especulación.
En un escenario internacional marcado por guerras, polarización y desconfianza hacia las instituciones, la Santa Sede conserva influencia mediante su diplomacia, su autoridad moral y su capacidad de diálogo. Esa presencia se expresa, sobre todo, a través del papa, cuya palabra orienta a millones de católicos y mantiene abiertos canales de comunicación en momentos de crisis.
La operación de León XIV, realizada el 13 de octubre en el hospital Gemelli para retirar un nódulo pulmonar localizado, concluyó con éxito, según informó la Santa Sede. La hospitalización prevista sería de aproximadamente una semana. El dato central es sencillo: con la intervención se resolverá el problema de salud y el pontífice podrá continuar progresivamente con su actividad pastoral. No corresponde atribuir a una operación consecuencias institucionales mayores que las comunicadas oficialmente.
La historia reciente demuestra que los pontífices han enfrentado enfermedades y limitaciones físicas sin que ello alterara necesariamente la continuidad de la Iglesia. Pío XII padeció graves problemas de salud durante los últimos años de su pontificado, pero mantuvo una intensa actividad intelectual y pastoral hasta su muerte, en 1958. Juan XXIII enfrentó un cáncer de estómago que terminó con su vida en 1963, mientras el Concilio Vaticano II avanzaba bajo su impulso.
Pablo VI también sufrió un deterioro físico progresivo y murió en 1978, después de quince años de pontificado. Juan Pablo II afrontó un atentado, varias intervenciones quirúrgicas y los efectos visibles de la enfermedad de Parkinson. Su fragilidad fue pública, pero no impidió que continuara viajando, celebrando y ejerciendo una influencia decisiva en la vida internacional hasta sus últimos días.
Benedicto XVI optó por una decisión distinta. En 2013 renunció al pontificado al reconocer que sus fuerzas ya no eran suficientes para desempeñar adecuadamente el ministerio petrino. Su renuncia fue libre, consciente y jurídicamente válida. El caso mostró que la responsabilidad también puede expresarse mediante el retiro cuando la salud impide gobernar con la energía necesaria.
Francisco, por su parte, enfrentó problemas de movilidad, intervenciones quirúrgicas y períodos de hospitalización, pero mantuvo una agenda pastoral y diplomática exigente hasta el final de su pontificado. Estos antecedentes aconsejan serenidad. La enfermedad de un papa merece atención humana y oración, no interpretaciones apresuradas sobre una supuesta crisis de poder.
La Iglesia necesita a su pastor para acompañar a quienes sufren guerras, pobreza, migración, persecución y fracturas sociales. La recuperación de León XIV debe ser entendida como una prioridad pastoral y humana. La comunidad católica mundial puede expresar solidaridad, prudencia y esperanza, dejando que los médicos y la Santa Sede informen sobre su evolución.
La experiencia de los pontífices del siglo XX y del siglo XXI confirma que la salud puede imponer pausas, ajustes y decisiones personales, pero no elimina la continuidad de la Iglesia. Convalecer, recuperar fuerzas y volver al servicio pastoral constituye, en este caso, la expectativa razonable y más importante.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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