Columnas Jorge Céliz

China y el Perú: entre la oportunidad comercial y la autonomía estratégica

La expansión de los Institutos Confucio plantea un desafío para el Perú: aprovechar la formación lingüística y las oportunidades comerciales con China sin comprometer la independencia académica, la soberanía nacional ni su pertenencia histórica al sistema interamericano.

La disputa entre Estados Unidos y China ya no se limita a los aranceles, los semiconductores o las rutas marítimas. También alcanza a las universidades, donde la enseñanza de un idioma puede convertirse en asunto de seguridad nacional. Promovidos por Pekín, los Institutos Confucio condensan esa tensión: facilitan el aprendizaje de una lengua clave para los negocios, pero generan dudas sobre su financiamiento, la independencia académica y la influencia política.

En Estados Unidos, las restricciones federales aceleraron su retirada. Según la Oficina de Rendición de Cuentas estadounidense, los centros universitarios pasaron de alrededor de cien en 2019 a menos de cinco en 2023. La reducción expresa una decisión política orientada a limitar riesgos, aunque no demuestra que todos los institutos hayan ejercido censura o vigilancia. Confundir sospechas razonables con culpabilidades generales tampoco protege la libertad académica.

El Perú observa el fenómeno desde una posición distinta. China es su principal mercado de exportación y, según el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, recibió el 36,2 % de los envíos peruanos en 2025. Entre enero y julio de 2026, el intercambio bilateral superó los 38.000 millones de dólares, de acuerdo con la Cámara de Comercio Peruano China. El puerto de Chancay confirma, además, que la relación trasciende la compraventa de minerales.

En este contexto, aprender mandarín no implica alineamiento ideológico. Es una herramienta para negociar contratos, comprender regulaciones, atraer inversiones y reducir desventajas informativas. Rechazar esa formación por imitación de Washington sería tan poco sensato como aceptar cualquier convenio por entusiasmo comercial. Los intereses peruanos no coinciden plenamente con los de ninguna potencia.

La asimetría, sin embargo, es evidente. Una universidad dependiente de recursos externos puede evitar asuntos incómodos, incluso sin recibir órdenes expresas. Por eso, la cuestión central no es la nacionalidad del cooperante, sino quién selecciona a los docentes, aprueba los materiales, administra los fondos y define los temas de discusión. Ese escrutinio debe aplicarse a cualquier gobierno extranjero, no solo al chino.

La presencia del Perú en el Escudo de las Américas recuerda que su identidad internacional no se reduce a la relación con una sola potencia. El símbolo representa su pertenencia al sistema interamericano y su compromiso con la cooperación regional, la soberanía y principios compartidos. No obliga a cerrar las puertas a China, pero sí exige que toda asociación externa preserve la autonomía republicana y una política exterior equilibrada.

La respuesta requiere reglas verificables. Los convenios deben publicarse íntegramente, declarar sus fuentes de financiamiento y someterse a evaluaciones periódicas. Las universidades han de conservar el control de sus programas, la contratación docente y la investigación; los estudiantes, la libertad de cuestionar cualquier posición oficial. También conviene medir resultados: dominio del idioma, empleabilidad, producción académica y oportunidades comerciales concretas.

Una supervisión estatal razonable no consiste en dictar contenidos, sino en fijar garantías mínimas y exigir transparencia, respetando la autonomía universitaria. Tampoco corresponde sustituir el criterio nacional por alarmas importadas o promesas diplomáticas. Para reducir dependencias, conviene diversificar alianzas educativas y formar profesores de mandarín en el país.

El Perú necesita más conocimiento de China, no menos. Conocer a un socio no equivale a someterse a él. La cooperación lingüística con Pekín puede mantenerse, siempre que opere bajo convenios transparentes, control universitario, supervisión soberana y diversificación internacional. Así, el mandarín será una ventaja nacional y no una dependencia estratégica.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de división en retiro, excomandante general del Ejército del Perú, especialista en seguridad y defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE. UU. y la ONU.

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