Columnas Jorge Céliz

El poder en las pantallas: cuando la geopolítica marca el rumbo de Wall Street

Los conflictos internacionales, la competencia tecnológica y las decisiones de las grandes potencias redefinen los mercados financieros. Para el Perú, el desafío consiste en transformar esa incertidumbre en oportunidades sin comprometer su autonomía económica.

La geopolítica ya no necesita esperar a que una decisión llegue a las fábricas para hacerse sentir en la economía. Basta una amenaza arancelaria, una sanción tecnológica o una escalada militar para alterar el precio del petróleo, las monedas y las acciones. Wall Street no gobierna el mundo, pero registra cuánto cuesta su incertidumbre.

Los mercados financieros anticipan beneficios, inflación y riesgos futuros. Por eso reaccionan antes de que cambien las cifras de producción o empleo. Sin embargo, confundir esas cotizaciones con un diagnóstico definitivo sería un error: también incorporan apuestas especulativas, información incompleta y expectativas que pueden revertirse. La velocidad de las pantallas no equivale a precisión.

La presión es tangible. En octubre, el Fondo Monetario Internacional proyectó un crecimiento mundial de 3,1 % para 2026 y una inflación de 4,7 %. A su vez, el Banco Mundial registró un aumento de 25,7 % en su índice de precios energéticos en septiembre. Son cifras que revelan una economía resistente, pero expuesta a conflictos capaces de encarecer producción, transporte y consumo.

La paradoja aparece en el comercio. Pese a las perturbaciones en Medio Oriente, la Organización Mundial del Comercio elevó a 3,9 % su previsión de crecimiento del volumen del comercio de mercancías en 2026. La adaptación de las cadenas de suministro y la inversión asociada con la inteligencia artificial explican esa resistencia. El problema no es un colapso general, sino una distribución desigual de costos y beneficios.

La competencia por semiconductores, minerales críticos y capacidad energética confirma ese cambio. Las potencias buscan reducir dependencias estratégicas mediante subsidios, controles de exportación y acuerdos preferenciales. Tales medidas pueden proteger sectores sensibles, pero distorsionan mercados y desplazan inversiones. La seguridad económica adquiere prioridad, aunque su costo termine trasladándose a consumidores y contribuyentes.

Para América del Sur, el escenario combina oportunidades comerciales y riesgos fiscales. El cobre y los alimentos ganan valor estratégico; al mismo tiempo, una subida del combustible o del financiamiento externo golpea presupuestos públicos y hogares. Exportar materias primas no garantiza desarrollo si la región sigue comprando tecnología cara y postergando mejoras de productividad.

En el Perú, la respuesta exige algo más que celebrar precios favorables de los minerales. Son indispensables reglas previsibles, infraestructura logística, permisos eficientes y una política fiscal que ahorre durante los buenos ciclos. También resulta decisivo proteger la autonomía del Banco Central y fortalecer instituciones capaces de sostener compromisos entre gobiernos.

La diversificación comercial debe evitar dependencias exclusivas, pero no convertirse en aislamiento. Conviene atraer inversión que incorpore conocimiento, proveedores locales y empleo especializado, con contratos transparentes y resultados verificables. Una política industrial útil no consiste en escoger ganadores por afinidad política, sino en corregir obstáculos verificables para competir.

Los mercados pueden reaccionar a una declaración en segundos; un país no debe diseñar su futuro con prisa. La soberanía económica se ejerce con información, márgenes de maniobra y decisiones técnicas transparentes. Frente al poder que se mueve en las pantallas, la mejor defensa es un Estado que planifica sin improvisar.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de división en retiro, excomandante general del Ejército del Perú, especialista en seguridad y defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE. UU. y la ONU.

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