La pregunta que falta en los balances de las microfinanzas
Por César Augusto Novoa Chávez
Sabemos celebrar el éxito microfinanciero: más cartera, menos mora, mayores utilidades, mejor patrimonio. Son logros necesarios. Pero casi nunca celebramos lo que ocurre en el balance de quien recibió el préstamo.
¿Vendió más? ¿Pagó puntualmente? ¿Creó valor después de financiarse? Una cartera saludable para quien presta puede convivir con una inversión insuficientemente rentable para quien recibe el dinero. Los indicadores habituales no resuelven esa contradicción.
PRODUCE informó que las ventas de las micro y pequeñas empresas llegaron a S/ 358.947 millones en 2025, un aumento de 3,9 %. La SBS registraba al 1 de noviembre de 2026 una tasa de interés promedio anual de 58,05 % para créditos a microempresas en soles. Confrontar ambas cifras no demuestra pérdidas: las ventas no son utilidades y esa tasa no equivale al costo efectivo de cada préstamo.
Sabemos del precio del financiamiento y del tamaño de la actividad empresarial; sabemos menos sobre el rendimiento de las inversiones que financia cada crédito. PRODUCE observa la economía productiva; la SBS, el sistema financiero. Falta conectar ambas miradas.
La tasa de costo efectivo anual (TCEA) incluye intereses y cargos aplicables; no debe confundirse con la tasa activa promedio. El margen sobre ventas tampoco equivale a la rentabilidad sobre el capital invertido (ROIC). Y el costo promedio ponderado de capital (WACC) incorpora el costo de la deuda y la rentabilidad exigida por el propietario. Confundir estos indicadores conduce a conclusiones equivocadas.
Imaginemos una inversión de S/ 50.000: S/ 20.000 propios y S/ 30.000 de deuda al 40 % anual. Si el propietario exige 25 % de retorno, el WACC simplificado, sin impuestos, es 34 %. Con un ROIC de 25 %, el valor económico agregado resulta negativo en S/ 4.500 al año. La empresa podría pagar puntualmente sin remunerar todo el capital. Es un ejemplo hipotético, no una medición de las MYPE peruanas.
También puede ocurrir lo contrario: un préstamo caro permite comprar inventario que rota rápido y genera suficiente retorno. Lo relevante no es enfrentar una tasa bancaria con una rentabilidad sectorial genérica, sino evaluar destino, flujos, plazo, capital invertido y riesgo.
Y hay otra pregunta: cuando una entidad automatiza procesos, reduce costos o gana escala, ¿qué parte de esa eficiencia llega al emprendedor? Para saberlo debemos separar las variaciones del fondeo de las mejoras operativas y comparar préstamos de monto, plazo y riesgo similares. Solo así podremos medir la transferencia de eficiencia.
Una institución puede necesitar retener parte del ahorro para absorber pérdidas, capitalizarse o invertir en tecnología. Es legítimo. Lo que no deberíamos aceptar es que el debate termine en su rentabilidad y nunca llegue al precio pagado por el cliente.
Propongo una prueba concreta para cada entidad: comparar, a lo largo del tiempo, la evolución de su costo operativo por crédito con la del costo efectivo ofrecido a clientes de riesgo equivalente. No bastaría anunciar una menor tasa promedio si el cambio se explica porque ingresaron prestatarios menos riesgosos.
Podemos medir dos resultados simultáneamente: sostenibilidad del prestamista y creación de valor del emprendedor.
En artículos anteriores ya he planteado la necesidad de examinar las microfinanzas desde esta perspectiva: no solamente cuánto crecen las instituciones, sino cuánto contribuye el financiamiento a mejorar la economía de quienes emprenden. Ahora corresponde profundizar ese análisis, conectando el costo efectivo del crédito con la rentabilidad de las inversiones, la productividad, la generación de caja y la evolución patrimonial de los negocios.
No necesitamos imponer nuevos trámites ni sofisticados modelos financieros a cada emprendedor. Podemos comenzar con información sectorial, muestras representativas y datos protegidos. También debemos evitar atribuir al financiamiento todo crecimiento posterior: las ventas pueden aumentar por decisiones del empresario o por mejores condiciones del mercado.
Es una pregunta latinoamericana. Perú, Colombia, México y Brasil tienen riesgos, regulación y escalas diferentes: necesitamos metodologías comparables, no rankings improvisados de tasas. Bancos, cajas, fondos, reguladores y universidades podrían trabajar sobre una misma evidencia.
No se trata de sacrificar la solvencia para abaratar créditos. Se trata de ampliar la definición de éxito: además de cuánto colocó y ganó quien financia, cuánto valor conservó quien emprendió.
Hace falta otro tipo de noticia. No únicamente «crecimos y ganamos más», sino «la eficiencia redujo el costo del financiamiento y nuestros clientes crearon más valor».
Entonces el progreso tendría dos balances, no uno.
César Augusto Novoa Chávez
CEO | NOZA Investment Company
Economista | MBA ESAN | Docente de posgrado
Referencias bibliográficas
- Ministerio de la Producción (2026). Observatorio PRODUCEmpresarial. Desempeño económico de las MYPE.
- Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (2026). Estadísticas de tasas de interés para créditos a la microempresa y orientación sobre la TCEA.
César Augusto Novoa Chávez
Economista y MBA por ESAN, con formación internacional en ESADE Business School y exbecario del Banco Central de Reserva del Perú. Ejecutivo y asesor estratégico con más de 30 años en servicios financieros y dirección empresarial. CEO de NOZA Investment Company, especializado en finanzas corporativas, fondos y vehículos de inversión, riesgos y transformación empresarial. Docente de posgrado y autor de cuatro libros. Integra visión global, criterio financiero y capacidad de ejecución para impulsar competitividad, gobierno corporativo y creación sostenible de valor.


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