La modernización de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) ha dejado de ser una discusión teórica para convertirse en una decisión política y estratégica de primer orden. A enero del 2026, todo indica que la compra de los cazas F-16 Block 70 estadounidenses se encuentra en una fase muy avanzada, al punto de perfilarse como el mayor contrato militar en la historia republicana reciente. No se trata únicamente de reemplazar aviones obsoletos, sino de redefinir el rol del Perú en el tablero regional y su relación con las grandes potencias.
Durante años, la FAP ha operado con una flota envejecida de Mirage 2000 y MiG-29, con crecientes dificultades de mantenimiento y disponibilidad. Frente a ese escenario, la opción del F-16 Block 70 (por encima del Rafale francés y el Gripen sueco) representa un salto tecnológico significativo. No es el F-16 “clásico” que vuela en la región, sino la versión más moderna del Fighting Falcon, nueva de fábrica, con una vida útil proyectada de más de 40 años.
El corazón de esta modernización es el radar AESA AN/APG-83, con arquitectura digital y una altísima resistencia a la guerra electrónica. Su capacidad para detectar, rastrear y comprometer múltiples blancos a gran distancia coloca al eventual F-16 peruano en un nivel tecnológico superior al de la mayoría de las fuerzas aéreas del Pacífico Sur. A ello se suma una aviónica plenamente integrada con estándares OTAN y una interoperabilidad directa con fuerzas aliadas.
Pero la verdadera disuasión no está solo en el avión, sino en su arsenal. La oferta asociada al programa FMS estadounidense incluye misiles AIM-120C-8 AMRAAM para combate más allá del alcance visual, AIM-9X Block II para enfrentamientos cercanos con designación por casco, y capacidad multirrol con bombas guiadas de precisión JDAM y pods electro-ópticos. En términos simples, el Perú no solo ganaría superioridad aérea, sino también una capacidad de ataque quirúrgico en cualquier punto de su complejo territorio.
El costo, sin embargo, es elevado. Las cifras que se manejan (cercanas a los 7 mil millones de dólares por una flota de 24 aeronaves en dos lotes) incluyen no solo los cazas, sino simuladores, infraestructura, entrenamiento, armamento y soporte logístico integral. A esto se suma un costo operativo anual considerable: cada hora de vuelo del F-16 ronda entre 22 mil y 25 mil dólares, lo que exige disciplina fiscal sostenida y una planificación presupuestal que trascienda gobiernos.
En el plano geopolítico, la compra parece alinearse con un retorno claro de Estados Unidos como socio estratégico prioritario del Perú. En un contexto de creciente presencia china en infraestructura crítica, como el puerto de Chancay, los F-16 se convierten en una herramienta de influencia política tanto como militar. A cambio de tecnología de punta, el Perú asume una dependencia técnica y logística profunda, sujeta a autorizaciones, repuestos y software controlados desde Washington.
La decisión, entonces, no es puramente militar. Es una apuesta de Estado. El F-16 Block 70 puede convertir a la FAP en la fuerza aérea más avanzada de la costa del Pacífico Sur hacia el 2030, pero solo si el país es capaz de sostenerla en el tiempo. De lo contrario, el riesgo es conocido: plataformas de primer nivel inmovilizadas por falta de presupuesto o voluntad política.
La compra avanzada de los F-16 no debe evaluarse solo como un triunfo tecnológico, sino como una prueba de madurez estratégica. El Perú está eligiendo seguridad, sí, pero también alineamiento y compromiso a largo plazo. La pregunta final no es si el F-16 es el avión correcto (lo es), sino si el Estado peruano está listo para asumir plenamente el costo político, económico y estratégico de mantener su soberanía aérea sin convertirla en una nueva forma de dependencia.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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