Columnas Rafael Antonio Aita Campodónico

“País Picante”, entre el desorden que quema y la fuerza que puede transformar al Perú

Llamar hoy al Perú un “país picante” no es solo una metáfora provocadora; es una descripción de alta temperatura política, social y económica. Lo “picante” puede interpretarse de dos maneras: como lo malo que arde , la crisis, la inseguridad, la desconfianza, o como la intensidad de un país con carácter, energía y potencial para reinventarse. En esa dualidad se mueve el Perú contemporáneo.

Por el lado negativo, el picante quema. La inseguridad ciudadana ha escalado a niveles preocupantes, con crimen organizado penetrando territorios y economías. La política, lejos de ser un espacio de solución, se ha convertido muchas veces en escenario de confrontación estéril. La institucionalidad se debilita cuando los actores públicos priorizan intereses particulares sobre el bien común, generando una percepción de impunidad que erosiona la confianza. Este contexto recuerda momentos críticos de la historia reciente, como el periodo de violencia interna vinculado a Sendero Luminoso, donde la ausencia del Estado permitió que el miedo dominara amplias zonas del país.

Pero el “picante” también tiene otra lectura: la de un país con sabor, identidad y capacidad de resistencia. El Perú es reconocido mundialmente por su cultura, su gastronomía, símbolo de creatividad y diversidad, y su riqueza natural. La misma intensidad que hoy genera conflicto puede convertirse en motor de cambio. Países que atravesaron crisis profundas, como Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, lograron reconstruirse sobre la base de institucionalidad, disciplina y visión de largo plazo. El Perú puede hacer lo propio si canaliza su energía social hacia objetivos comunes.

Los bemoles del “país picante” son claros. Primero, la falta de articulación entre instituciones, sin coordinación, no hay gobernabilidad. Segundo, la debilidad de los partidos políticos, que impide la formación de cuadros sólidos y propuestas sostenibles. Tercero, la brecha entre el discurso y la gestión: se promete mucho, se ejecuta poco. Cuarto, una ciudadanía cada vez más desconectada del sistema político, lo que abre espacio a improvisación y populismo.

Sin embargo, también existen fortalezas concretas. Una economía que, pese a las turbulencias, mantiene resiliencia; una población emprendedora que dinamiza sectores importantes; y una posición geopolítica estratégica en la región. El Perú no parte de cero, tiene bases sobre las cuales construir.

La reacción,está en transformar el picante destructivo en picante constructivo. Esto implica decisiones firmes: fortalecer el Estado de derecho, profesionalizar la gestión pública, apostar por educación cívica y técnica, y recuperar la meritocracia como principio rector. Asimismo, se requiere una necesidad, de país que deje de girar en torno al conflicto y se enfoque en objetivos compartidos, seguridad, desarrollo y proyección internacional.

Conclusión. El Perú es hoy un “país picante” porque arde en sus contradicciones. Pero ese mismo calor puede ser el fuego que forje una nación más sólida. La diferencia entre lo malo y lo virtuoso no está en la intensidad, sino en la dirección. Si el país logra ordenar su institucionalidad, fortalecer su ética pública y canalizar su energía social, el “picante” dejará de ser sinónimo de crisis para convertirse en símbolo de carácter, identidad y transformación. Con aprecio, Rafael Aita Campodónico.

Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.

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