Columnas Jorge Céliz

Europa ante el costo de sus errores estratégicos

El panorama geopolítico actual evidencia una transición silenciosa pero decisiva en la arquitectura de seguridad occidental. La reconfiguración de la presencia militar de Estados Unidos en Alemania no implica únicamente un ajuste operativo, sino un mensaje político que erosiona la previsibilidad de la OTAN. Este movimiento se produce en un contexto más amplio de fatiga estratégica estadounidense, competencia con China y Rusia, y presiones internas para redistribuir recursos. Para Europa, el efecto es claro: el paraguas de seguridad tradicional ya no puede asumirse como incondicional ni permanente.

Este escenario no surge de forma repentina, sino como resultado de desaciertos acumulados por varios países europeos durante décadas. Alemania priorizó una política de interdependencia económica con Rusia, especialmente en el ámbito energético, subestimando el riesgo geopolítico de dicha dependencia. Francia impulsó la idea de autonomía estratégica sin lograr traducirla en capacidades militares suficientes ni en consensos vinculantes dentro del bloque. Italia y España mantuvieron durante años niveles de gasto en defensa por debajo de los compromisos adquiridos, debilitando la base colectiva. Incluso países del este europeo, pese a su mayor percepción de amenaza, han enfrentado limitaciones estructurales para escalar sus capacidades. En conjunto, estas decisiones configuraron una Europa fragmentada, con alta dependencia externa y baja preparación estratégica.

La relación transatlántica atraviesa una mutación estructural. Washington ha pasado de ser un garante automático de la seguridad europea a un actor que condiciona su compromiso a criterios de costo-beneficio. La insistencia en el cumplimiento del umbral del 5% del PIB en gasto militar no es nueva, pero su instrumentalización mediante decisiones tácticas introduce un componente coercitivo. Al mismo tiempo, dentro de la Unión Europea persisten divergencias estratégicas, capacidades fragmentadas y una dependencia tecnológica significativa en sectores críticos como inteligencia y ciberseguridad.

Las implicancias son profundas. La credibilidad disuasiva de la OTAN se vuelve más compleja, no tanto por una reducción material de capacidades, sino por la ambigüedad política que introduce incertidumbre. Se acelera el debate sobre la autonomía estratégica europea, que pasa de aspiración a necesidad. Sin embargo, el riesgo radica en que esta transición se produzca de forma reactiva y descoordinada, amplificando vulnerabilidades. Asimismo, se redefine el equilibrio interno europeo, otorgando mayor peso a los países con mayor inversión en defensa y voluntad política para liderar.

Frente a este contexto, Europa debe avanzar en tres líneas estratégicas. Primero, consolidar un rearme coordinado que priorice capacidades críticas como defensa aérea integrada, movilidad militar y guerra electrónica. Segundo, fortalecer los mecanismos institucionales dentro de la Unión Europea para la planificación y ejecución conjunta, complementando —no sustituyendo— a la OTAN. Tercero, desarrollar una base industrial de defensa integrada que reduzca la dependencia tecnológica y aumente la resiliencia. Estas medidas requieren inversión sostenida, pero sobre todo coherencia política y visión de largo plazo.

Para Estados Unidos, el desafío es definir el tipo de alianza que desea sostener. Una estrategia basada en presión transaccional puede generar cumplimiento inmediato, pero erosiona la confianza estructural. En contraste, una relación basada en corresponsabilidad fortalecería la estabilidad del sistema occidental en su conjunto.

En este reordenamiento, los principales beneficiados serán aquellos actores que capitalicen la fragmentación europea. China gana margen estratégico al observar una menor cohesión occidental, mientras Rusia explota las fisuras políticas y energéticas en su entorno inmediato. Incluso Estados Unidos podría beneficiarse parcialmente al reducir costos y forzar mayor contribución europea, aunque a riesgo de debilitar su liderazgo. En conclusión, Europa enfrenta el costo de sus propios errores estratégicos, pero aún tiene margen para corregir el rumbo. La solución pasa por asumir responsabilidades, corregir asimetrías internas y construir una autonomía real que no fracture la alianza atlántica, sino que la haga más equilibrada y sostenible.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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