A primera vista, pareciera que el Perú hubiera quedado dividido en dos mitades irreconciliables. La estrecha diferencia registrada en la segunda vuelta presidencial alimenta esa percepción. Sin embargo, esa conclusión no resiste un análisis más profundo. El escrutinio al cien por ciento confirmó la victoria de Keiko Fujimori, un resultado oficial, legítimo y reconocido por los organismos electorales. Lo que reflejan las cifras es una competencia electoral extremadamente ajustada, no la existencia de dos países enfrentados por convicciones ideológicas incompatibles.
La clave para entender lo ocurrido está en la primera vuelta. Fuerza Popular obtuvo apenas el 17,19 % de los votos y Juntos por el Perú alcanzó el 12,03 %. Ninguna de las dos candidaturas representó inicialmente a la mayoría del electorado. El crecimiento de ambas en el balotaje respondió, sobre todo, al voto estratégico y al rechazo mutuo. Millones de peruanos eligieron la opción que consideraban menos riesgosa, no necesariamente aquella con la que se identificaban políticamente. Más que una confrontación entre ideologías, la segunda vuelta terminó siendo una competencia entre rechazos.
Por esa razón, resulta equivocado afirmar que la mitad del país se volvió fujimorista o que la otra mitad respaldó un proyecto de izquierda. El electorado peruano sigue siendo mayoritariamente moderado, independiente y profundamente desconfiado de toda la clase política. Detrás de los porcentajes existe una ciudadanía que comparte preocupaciones similares: vivir con seguridad, acceder a servicios públicos de calidad, encontrar empleo, recibir una buena educación y mejorar su calidad de vida. Cambiaron las preferencias electorales, pero las necesidades nacionales siguen siendo las mismas.
La verdadera fractura del Perú no es ideológica. Es territorial, económica e institucional. Mientras algunas ciudades concentran inversión y oportunidades, amplias regiones continúan enfrentando pobreza, infraestructura insuficiente y un Estado que responde con lentitud o simplemente está ausente. La falta de agua potable, saneamiento, hospitales equipados, carreteras, conectividad y servicios públicos de calidad explica mucho mejor el comportamiento electoral que cualquier discusión doctrinaria. Allí donde el Estado no llega, el voto expresa frustración, cansancio y demanda de soluciones concretas.
La instalación del nuevo Congreso bicameral también contribuirá a desmontar la idea de un país dividido en dos bloques. La composición parlamentaria volverá a mostrar la fragmentación política que caracteriza al Perú desde hace varios años. Ninguna fuerza tendrá capacidad para gobernar por sí sola. La presidenta electa deberá construir acuerdos permanentes con distintos sectores políticos si quiere garantizar estabilidad. La gobernabilidad dependerá menos de la confrontación y mucho más de la capacidad para generar confianza mediante resultados.
Ese desafío exige una reforma profunda del Estado. No bastan los discursos ni las promesas. Es indispensable modernizar la contratación pública para ejecutar con mayor rapidez las obras prioritarias, fortalecer la capacidad técnica de los gobiernos regionales y municipales, acelerar la inversión en infraestructura, salud, educación, seguridad ciudadana y conectividad, y garantizar una administración pública más eficiente y transparente. Un Estado que no ejecuta oportunamente termina debilitando la confianza ciudadana y alimentando el descontento.
El verdadero mandato que dejaron estas elecciones no fue la imposición de una corriente política sobre otra. Fue una exigencia para que el próximo gobierno recupere la capacidad de resolver los problemas cotidianos de la población. La estabilidad de los próximos cinco años dependerá menos del estrecho margen de la victoria electoral que de la capacidad para construir consensos, cerrar las brechas sociales y territoriales, fortalecer las instituciones y ejecutar con eficacia el presupuesto público. Solo cuando la política sustituya la confrontación por resultados concretos desaparecerá el espejismo de un país dividido y el Perú podrá avanzar hacia una gobernabilidad basada en la confianza, la inclusión y el desarrollo.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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